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23/12/2009

Delicias turcas

Delicias turcas

Hace unos nueve años viajé a Estambul en un avión de las líneas aéreas turcas donde, sorprendentemente, todavía estaba permitido fumar. No esperaba semejante milagro con los tiempos que corren, pero tampoco estaba preparado para la nueva ola de estupidez que ha asaltado también los países islámicos.

La pasada semana santa volví de nuevo a la antigua capital del imperio otomano, a darme un baño de belleza en esa ciudad a caballo entre dos continentes, una ciudad que abarca casi dos mil años de historia y que posee los tres nombres más hermosos con que jamás hayan bautizado urbe alguna: Bizancio, Constantinopla, Estambul.

Como mi chica tarda en arreglarse más o menos el tiempo que tarda en construirse una mezquita (y con parecidos resultados: cuando sale del baño, quita el hipo), me dediqué a distraer las esperas ojeando los distintos canales de la televisión turca. En uno de ellos descubrí mi película carcelaria favorita, Cadena perpetua, y aproveché para verla e ir colocando de memoria los subtítulos bajo las parrafadas en turco. De repente, un borrón apareció en la boca de uno de los reclusos. Como soy bastante hipocondríaco pensé que se trataba de un amago de catarata, pero luego vi que la mancha permanecía pegada a la pantalla, concretamente, a la boca del actor. Pensé entonces que se trataba de un fallo del televisor, pero cuando vi que la mancha echaba humo, entonces lo comprendí todo. Habían censurado los pitillos de la película, poniendo en su lugar una piadosa distorsión.

Uno de los escasos placeres que les quedaba a los pobres prisioneros y alguien había decidido que mejor chuparan un buen trozo de vacío. Por su bien y por el de los espectadores, que se quedarían sin probar un cigarrillo por poderes, pero no sin las palizas, violaciones y vejaciones en que consiste la vida carcelaria. A esto hemos llegado: a emborronar una obra de arte en nombre de esa imbecilidad llamada corrección política.

Por David Torres

Escritor y Columnista de El Mundo

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