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11/05/2010
El juego de hacer versos
Aún no sé cómo escribo los poemas que escribo, a pesar de cargar ya unos cuantos a mis espaldas. Ni siquiera estoy seguro de que pueda llamarse "escribir" a lo que hago ahora. Puede ser cuestión de dos minutos o de un mes. En ocasiones me asaltan unas pocas palabras exigiéndome un sentido; en otras, una imagen en cuyo fondo se agazapa una expresión intangible.
Ocurre incluso que el primer zarpazo del poema es tan sólo la intuición de superficies distribuidas en un plano, y que la correlación de esas superficies tiene más importancia que lo que se diga en los versos que han de ocuparlas. En cualquier caso, más tarde o más temprano hay que sentarse ante el folio, o ante la pantalla del ordenador, y solventar la cuestión antes de que la cuestión lo solvente a uno. Aunque hoy en día no tenga muy buena prensa, reconozco que en mi escritura prima el arrebato sobre el trabajo concienzudo. Cuando reúno el valor suficiente para emprender la tarea, el primer e inevitable paso es encender algún tabaco.
Quede claro que nunca he cometido la bochornosa horterada de sujetar el trebejo con una mano, la pluma con la otra y dedicarme a mirar por la ventana. La vista queda clavada en el papel, pues ahí están los ojos del boxeador al que me enfrento. No suelen ir bien los puros, que se llevan mal con las descargas de adrenalina que me recorren, y acaban desgarrados por las dentelladas y empapados por demasiada saliva. Está claro que no se puede servir a dos señores. Nada como un denso cigarrillo negro, brusco y veraz, para aplacar la tensión de semejante cacería. Si no lo hay a mano, cualquier cigarrillo o purito que se precie de la profundidad de tabacos orientales. Y para beber, café, que no se me ocurre qué otro alcohol podría ser mejor que el de un poema.
Al cabo de ni sé cuánto tiempo, hay una o cinco colillas en el cenicero, y en el papel, o en la pantalla, trazos que dicen, y callan, mucho más de lo que yo podría decir nunca. Entonces enciendo un cigarrillo más, para fumarlo despacio, quizás paseando deshilachadamente por el cuarto, mientras me doy cuenta de que cuanto me rodea, y, sobre todo, cuanto no me rodea, ha cambiado tenue y definitivamente.
ÁLVARO MUÑOZ ROBLEDANO
