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Ante la nueva ley antitabaco que no permitirá fumar en ningún espacio público: PROHIBIDO PROHIBIR

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19/11/2009

Nostalgia

Nostalgia

Suele ocurrirme, y cada vez con mayor frecuencia, que al encender un cigarro se cuela entre el humo y sus notas especiadas una suave y cruel sensación de nostalgia. La misma que despiden estas páginas en las que tanto abuso de la benevolencia de los editores y la paciencia de ustedes, los lectores. Nostalgia de cuando era habitual ofrecer tabaco para romper el aire gélido del vagón de tren, de cuando encendíamos un cigarrillo en la librería para hojear mejor el libro que no esperábamos encontrar, de los cigarrillos adolescentes que compraba a la pipera del la Ribera de Curtidores esquina a la Ruda, de la voluptuosidad con que la música de Jerry Raferty precedía al logo de Fortuna en los anuncios, de la pipa de José Luís Balbín abriendo los debates...

Fumábamos de otra forma, lo que quiere decir que vivíamos de otra forma. El tabaco suponía un juego de cortesía, porque quién no preguntaba si molestaba su humo, quién no esperaba a que los de la mesa de al lado terminasen de comer para encender su habano, quién no renunciaba a fumar por sentirlo inadecuado en ciertas circunstancias. Fumábamos mejor y, estoy convencido, fumábamos menos. Ahora, los fumadores nos atrincheramos tras los carteles que indican que está permitido fumar y no admitimos ni una sola tos, mientras los no fumadores protestan hasta de los que fuman en la calle (no es una metáfora; semejante queja pudo leerse en el blog Ciudadano M del periódico El Mundo) o insultan abiertamente al que enciende su labor. Ahora apuramos desaforadamente el pitillo, o fumamos tres seguidos para aprovechar la bajada al portal, mientras las amenazas políticas se suceden y la hipocresía de los recaudadores de impuestos nos golpea.

La ley ha de cumplirse no porque sea justa, sino porque es ley, dejó escrito Montaigne. Pero la potestad de legislar es una tentación demasiado poderosa. Ante el fracaso de sus supuestos, el ministro de Sanidad augura una nueva regulación aún más restrictiva, una regulación para la que no ha tenido en cuenta ninguna de las seguras secuelas económicas y sociales que arrastrará. Como ciudadanos, hemos dado un paso atrás: donde una vez hubo respeto, ahora quedan tan sólo normas legales.

Álvaro Muñoz Robledano es poeta

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