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06/08/2010
TAPONES PARA LOS OÍDOS…
A diferencia de los marineros, que tienen una mujer esperando en cada puerto, yo tengo sólo una mujer esperándome en la puerta... Esta entrada va para ella, que se va reír cuando la lea.
Pues eso mismo, que ahí vamos dando la vuelta a España del Cigarrón, mi compañero Sergio, el Máquina, y yo, de ciudad en ciudad, haciendo la vida del churrero, regalando tapones para los oídos para denunciar el cigarrón, ese efecto no deseado de la Ley Antibares (tampoco deseada), que va a acumular peña en la puerta de los garitos haciendo más ruido y molestando a los vecinos. Si ya hay conflicto, es decir, derechos solapados, libertades que son incompatibles, entre quienes se quieren divertir y quieres tienen derecho legítimo al descanso, imaginen lo que va a pasar cuando los fumadores tengamos que salir a la calle a fumar. Un lío. Apuesten a que sí.
Hemos estado en Madrid, Barcelona, Sevilla, Bilbao, Murcia, Alicante, Logroño, Santander, Gijón, Girona, Tarragona y Valencia, de momento, y en todas estas ciudades hemos montado nuestro pequeño one-man show, regalando los tapones y explicando, ya de carrerilla, a los vecinos y a los medios de comunicación lo que es el cigarrón y la relación que guardan los tapones para los oídos con el tabaco. Porque al principio, choca un poco, desata sonrisas incrédulas y caras de expectación, pero cuando se cuenta… La inmensa mayoría de la gente, firme o no firme contra la ley, nos da la razón. Esto va a pasar.
Imaginen si lo he contado veces, que lo digo de carrerilla… “Uno de los efectos no deseados de la ley es que cuando esté totalmente prohibido fumar, sobre todo en locales nocturnos, bares de copas y discotecas, irremediablemente, los fumadores vamos a salir a la calle a fumar. No es que estemos amenazando con hacerlo, es que nos echan de los locales. Esto va a provocar un cúmulo constante de gente en la puerta de los locales, fumadores y no fumadores, bebiendo, montando ruido y molestias a los vecinos, y quién sabe si no algún altercado. A este fenómeno lo hemos bautizado el Cigarrón, por analogía con el fenómeno social, parecido pero no igual, que es el botellón”. Y sigo y sigo, como un robot ya casi, de manera totalmente automática.
Normal. Lo he contado ya doscientas once veces, aproximadamente.
Después de repartir los tapones, metemos las cosas en el coche, el Máquina se pone al volante, y volando a la siguiente ciudad, a hacer lo mismo. Como comprenderán, esto no es fácil, ni tampoco es divertido, a pesar de que mi Sergio me lo hace más ameno, porque es un tío genial. Es un Máquina. Punto.
Nos pasó ayer, entre Tarragona y Valencia, que a la altura del peaje de Sagunto, la Guardia Civil había instalado un control de carreteras, pero no de alcoholemia de ni de los papeles del camión. No. Un control antiterrorista, de estos que ves al guardia con unos pistolones que dan miedo. Muchos de ustedes no lo saben, pero yo con la Guardia Civil tengo un idilio personal de larga tradición, porque por razones que no vienen al caso, me han parado muchas veces a la entrada del pueblo en el que vivo. Para mí, estaba claro: nos iban a parar. El Máquina, que es buena persona y bien pensado por naturaleza, decía que no. ¿Una caña a que sí? Venga.
Por supuesto, la ha perdido. En cuanto nos han visto, dos hombres jóvenes solos en un coche, nos han dado el alto. Paramos, nos piden los papeles, los carnets, todo… No pasa nada. Es así. Da respeto, pero están haciendo su trabajo y uno confía en la profesionalidad de la Guardia Civil. Después, el Guardia me ha pedido que abra el maletero e, incluso, que le enseñe el interior de mi maleta (no, mamá, la muda estaba donde siempre me dices que tengo que ponerla por si me para la Guardia Civil).
-- ¿Y esta caja? –me pregunta
-- ¿Esta?
-- Sí, ¿qué hay dentro?
He metido la mano en la caja y, con los tapones de los oídos en la mano, le he dicho… “Uno de los efectos no deseados de la ley es que cuando esté totalmente prohibido fumar, sobre todo en locales nocturnos, bares de copas y discotecas, irremediablemente, los fumadores vamos a salir a la calle a fumar. No es que estemos amenazando con hacerlo, es que nos echan de los locales. Esto va a provocar un cúmulo constante de gente en la puerta de los locales, fumadores y no fumadores, bebiendo, montando ruido y molestias a los vecinos, y quién sabe si no algún altercado. A este fenómeno lo hemos bautizado el Cigarrón, por analogía con el fenómeno social, parecido pero no igual, que es el botellón”.
El guardia me ha dado toda la razón (se llamaba Javier, como yo) y no le he pedido que firmara contra la ley, porque aunque sea parte de su equipo (eso lo puedo comprender), las pistolas y yo no somos compatibles. Cuando hay pistolas, yo prefiero no estar. Por supuesto, nos han dejado seguir sin problemas.
Esto es real. No me lo he inventado. Aunque, a estas alturas de campaña, en que el cansancio me tiene un poco agarrotado, prefiero tomarme la caña que me debe el Máquina con buen humor. Feliz fin de semana a todos. La semana que viene, volvemos a la carretera.
Javier Blanco Urgoiti
Portavoz del Club de Fumadores por la Tolerancia
