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31/05/2010
Vino corriendo y me dijo: ¡aquí no se puede fumar!
Llego de Holanda con una buena noticia en la sonrisa: Schiphol, el aeropuerto de Amsterdam, ha dado marcha atrás en su política “Libre de humos” y ha vuelto a habilitar espacios para fumadores. No sé cómo son porque no pude acercarme a verlos, pero vi la señalización que indicaba el camino hacia el “smoking area”. No espero que hayan vuelto los buenos tiempos de Schiphol, cuando uno podía tomarse un café o una cerveza y fumarse un pitillo con toda tranquilidad en un bar cerrado, habilitado específicamente para fumadores. Eso no creo que haya vuelto.
El año pasado, cuando Schiphol se declaró libre de humos y suprimió los bares y restaurantes, se me cayó un mito al que sólo se apunta ya los aeropuertos suizos: ¡en defensa de los derechos de qué no fumador se prohíbe totalmente fumar en un aeropuerto! Nunca lo he entendido. En defensa de los derechos del no fumador, se puede habilitar un espacio digno donde poder fumar… ¡Hay sitio para todos! ¿O no?
En Schiphol ya han rectificado. Ya hay espacios para fumadores otra vez. Como digo, no sé cómo son, pero mejor es eso que nada. Me sucedió volviendo de Roma, hace unos meses, que acompañé a un amigo a fumar al punto infecto de fumadores de Barajas (donde yo no fumo nunca). Le estaba diciendo a Pablo lo indignante que me resultaba fumar allí cuando alguien, un desconocido que debía venir en nuestro mismo vuelo, me dijo: “Son mejores que los de Roma”.
Y tenía razón, por supuesto, porque en Roma-Fiumicino no hay puntos de fumadores. Aunque a mí me sigue pareciendo que en la T4 de Madrid o en el Prat (no digo en Sondika o en Lavacolla) no pasaría nada por habilitar un par de áreas grandes, cerradas, ventiladas, con mesas, donde uno pueda llevarse su café, sus churritos y fumar sin molestar a nadie. No entiendo por qué los fumadores no pedimos esto en la web de AENA a todas horas.
Llegué de Schiphol a Barajas después de un largo viaje (los viajes en avión siempre se me hacen muy largos) sin fumar durante seis horas, no por no tener posibilidad, pero sí por falta de tiempo para ir a echarme un pitillo en Amsterdam y por falta de ganas de hacerlo en Madrid. Total, siempre he dicho que no es cierto que yo no pueda estar seis horas sin fumar (lo estoy y no me pasa nada, aunque me gustaría ser quien toma la decisión) y ya que estoy seis horas, puedo estar siete, si quiero, siempre que yo lo decida. Antes de pisar, por fin, aire libre ya tenía el cigarrillo en la boca y, apenas salí de la T4, lo prendí y di una honda calada pensando: “Me lo merezco”.
Cinco metros más allá, una chica de unos 25 años, se dio la vuelta y vino hacia mí como una centella. No me lo dijo bien, ni educadamente, ni entendí qué espíritu de Torquemada le empujó a venir a abroncarme. Sólo vino corriendo y me dijo:
-- ¡Aquí no se puede fumar! –con cara de malas pulgas.
Juro que estaba dispuesto a apagar el cigarrillo, y si hubiera habido un cenicero al lado, lo habría hecho, pero no me iba a entregar mansamente.
-- Aquí sí se puede fumar –contesté y no hizo falta ni que lo apagara (que, como digo, estaba dispuesto) porque tan rápido como me reprendió, se dio a la fuga.
Este es el espíritu, absolutamente minoritario, que yo no entiendo y que el Ministerio de Sanidad y las asociaciones médico-farmacéuticas se están encargando de difundir: ya no basta con que no se pueda fumar en los aviones, no basta con que una compañía aérea no pueda fletar, si quiere, un avión al día sólo para fumadores, no basta con que no se pueda fumar en la mayoría de los aeropuertos sin que eso defienda el derecho de ningún no fumador, es que van a perseguir el humo del tabaco hasta en las puertas de salida.
¿Dónde está el problema? ¿Qué hay mucha gente fumando en la puerta? Pues habiliten un lugar decente dentro y se acaba el problema.
Javier Blanco Urgoiti, portavoz del Club de Fumadores por la Tolerancia
